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jueves

perdida

retazos
de un perchero vacío
y una camisa arrugada
pensar
en el viento intrínseco
de tu cuerpo inundado

junté tus manos rotas
y cerré mi boca
para no llorar

puedo oír
el crujir de tu
fuente de placer
rompiéndose
puedo ver
el ruido de las sirenas
agónicas


me siento
frente a las gradas
de la iglesia
reclamando
una excusa

estoy sola
mi hombre se ha ido

retazos
de una camisa
que ya no existe
veo a tu padre llorar
frente a los armarios vacíos

retazos
de una mujer
que ya no existe
sepultada
en la infancia
nula
carente

la figura
este cuerpo
que no me pertenece
es usado y atado



La negación

 

Nan Goldin




Y vos qué pensás de mí, me preguntaste, y yo no entiendo por qué te obsesiona tanto lo que puedo llegar a pensar de vos. No te alcanza que te repita incansablemente que estoy suscripto a tus más puras carcajadas, tus insinuaciones deliciosas, la forma de tu caminar como de gacela acorralada, la ingenuidad de tu carácter que te vuelve perversa, tus manos indecentes bajo mi ropa.
Una madrugada recorriste mi casa como si fuese tuya, oliste mis perfumes, te ahorcaste con mis corbatas mientras te acostabas insomne sobre el sillón de cuero. 
Yo tampoco entiendo como puedo vivir bajo la sombra de este encuentro, que no será, por mucho tiempo, más que una sola y desenvuelta máscara bajo mis sábanas.
Bajo mis pies siento la diferencia hetárea. No puedo estar con vos, diferente y ensimismada, de tu vida y de tu cuerpo, mientras que yo, sólo un fantasma ausente, no penetro ni consumo ningún pacto virginal con ningún santo.
Son las tres de la mañana y te estás bañando frente a mí, rodeada de luna y me preguntas sobre la melancolía y sobre por qué me asusto cuando despierto, y ahí sólo puedo cerrar los ojos e ignorar que jamás lo vas a entender. Me agarras la mano y me arrastras, desvergonzadamente, hacia el mismo centro de tu cuerpo desnudo y mientras te tomo en mis brazos veo tus ojos lagrimeantes y sé que nunca más te voy a olvidar.
La sombra del árbol que descansa en mi balcón, te provoca cosquillas visuales, te reís y buscas formas bajo mis dedos, desarmas y volves a armar la cama, te recostas y me narras un cuento para chicos.
Cuando vuelvo a casa y te encuentro en esa zona oscura, en la espesura de tu carácter, donde estás cómoda, y desde donde es muy difícil traerte, me acerco vacilante, hurgando dentro de tu mirada, la marca de aquella dualidad, aquel peso contrapeso de tu soledad. 
Una vez salimos de noche juntos a tomar un café por Barracas, a un lugar cerrado e insomne, con gente buscando otra gente, desesperados... Esa noche reímos de tu elegancia y de tu impaciencia, de tus ganas de coger, de las medias rotas y los envases de cerveza en la esquina de tu casa. Nos besamos en el pasillo del edificio y la vieja del 5to nos miró mal porque se dio cuenta de que estabas descalza. En el ascensor nos tocamos hasta el hartazgo. Me bajaste los pantalones, mientras apretabas el botón de stop, algo que yo no pude hacer con vos.
Cada día era volver a comenzar y no veía la hora de que terminases conmigo para no sentirme tan mal, no espero nada de esta vida, sólo escribir y eso es algo que llega o no.
Mi mal humor incrementaba y no era tu culpa, no podía soportar no poder moldear tu historia, o al contrario, moldearla tanto hasta deformarla y dejarte hecha una figura mal puesta.
Por eso una noche te dejé mientras mirábamos una mala obra de teatro. Me miraste incrédula, no podías creerlo, estabas enojada y decepcionada. Primero me puteaste. Me recriminaste los besos y el tiempo perdido. Me recriminaste mi edad y tu pérdida, me recriminaste las lecturas, la soledad, el peso de tu vida, tu poca confianza y que nadie nunca jamás, te dije  hijo de puta, nunca jamás, gritaste, te usaría, doblaría, deformaría, besaría, apretaría y te haría el amor, como yo. 
Te miré sin ganas, sabiendo que no me creías. Me fui despacio, mordiéndome los labios, mientras te escuchaba sorber los mocos, sentada en el zaguán de av Santa fé y no miré más.
Un año después te encontré de casualidad en un viaje en tren, viajábamos a algún pueblito perdido de esos que vos y yo conocíamos. Cuando te miré la imagen se superpuso y entendí que entre vos y yo pasaba algo.
Estabas sola, no viajabas con nadie. Al principio me miraste enojada, no esperabas encontrarme ahí. Yo tampoco.
Pasaron dos horas hasta que descubrimos el destino fatal de la casualidad y ya no pude rechazar más el pronóstico de este encuentro. Mientras tomábamos un café me tomaste la mano y la pusiste entre tus piernas.
Al bajar del tren, tomé tu valija  y caminamos juntos hasta el hotel más cercano.

martes

Caminito

Se conocen en un bar. Noches cálidas bajo los zaguanes de La Boca y los ruidos de los adoquines con charcos de agua. Primero ella. Ella, la que está sola y triste. Ella, asfixiada de trabajo, convive con un autoritarismo desmesurado por parte de su jefe, un tipo insoportable, dentro su casa, dentro de su vida, dentro de sus metas y aspiraciones, en unos 50 años latentes. Y no es que ella no pueda relacionarse con tipos grandes, siempre tuvo buena charla, predisposición y la postura física de quién tiene ganas de crecer. Le gusta posicionarse más allá, que entiendan el peso de sus manos pálidas y pequeñas.
Aquella noche bebe de más, como nunca antes. Ella, la siempre precavida, esperando la señal acusatoria de que ya estoy muy borracha. Pero no. Aquella noche no piensa. Imagen repetida, en muchos escenarios. Tampoco se percata de las miradas boquiabiertas que causa en  cada hombre dentro de aquel bar oscuro. La gente baila relajadamente, un poco de tango nocturno, las bocas siempre abiertas, siempre predispuestas, esperando alimentarse del hambre ajeno. Ella bebe en la barra, un sector un poco más iluminado que la pista. Tamborilea en la mesada, ya un poco borracha, riéndo del absurdo de la feminidad, el sexo y el amor. Burbujea un espumante, seduciendo con la mirada ausente. Está sola, pero no busca nada. Él está del otro lado de la barra. Tampoco busca nada. Sobrevive desde el hartazgo,  vive una noche pesada, extenuante, difícil de cargar en aquel cuerpo, de porte macizo, fuerte, en contradicción con lo espeso, lo negro, lo oscuro, pero a la vez dulce, de su carácter. La sinestesia de aquel dolor. Desde hace un tiempo aquellas noches se acumulan debajo de su puerta. Su vida personal, una fatalidad. Su ex mujer, la belleza exótica  de su juventud, resulta opaca e intolerable. La dureza del amor marchita. Marchitándose también todo deseo carnal. Sus hijos, ya mayores, estudian y trabajan. Ausentes. Y una muy mala relación, consecuencia de la toma de partido por parte de cada uno para con la madre. En una buena época de su vida había sido un buen profesor, escritor y un lector ávido, pero por malas críticas y colegas plagiadores,  terminó trabajando en una editorial de libros eróticos de bajo presupuesto. Por eso él bebe, cogñac fuerte,  y aún más que aquella piba de unos 21 años tal vez, de boca pintada de un rojo casi calavérico, vestida de negro, que ríe cual misántropa, de cada uno de  los intentos de levante recibidos. Y también, por esta y por otras razones que no vienen al caso, sumadas a un no sé qué transpirado por aquellos poros femeninos, él se acerca a ella, sin pretenciones, sin búsqueda de satisfacción, sin intentos de seducción, porque la piba era chica, y ya está grande para estas cosas. Ella se mantiene recelosa: primero, ante su mirada; segundo, ante su despreocupada intención, se da cuenta  de que él no está interesado. Empieza la insinuación candente de sus piernas, aquella indiferencia basta para intrigarla. Lo mira bien, dudando... A veces el delirio del licor dulce confunde  a las mentes más sagáces. Grandes expectativas, igual que él... Suficientemente mayor para ella. Una prematura del relato, que desea mostrar más de lo que tiene, consecuencia de una familia irresponsable y una madre demasiado infantil para ocuparse de las necesidades básicas de sus hijos, ella se había encargado de todo.  Por esta razón es consciente de la imagen, de la imagen de lo aparente, de la edad y de su cuerpo, de la angustiante soledad de su sexo. Tarda 5 segundos en identificarlo cómo aquel modelo de hombre que creyó no sentir dentro. Casi como imagen cinematográfica,  se repite, una y otra vez, dentro de su mente, la imagen cuerpo, rígidez, espasmo. El hombre que la modela y configura. La arma a su antojo. Elige quedarse. Él solamente le paga un trago. Ella no hace nada, pero vuelve a descruzar sus piernas. Buena señal. Le gusta. El ambiente es oscuro, como si sus intenciones hubiesen enturbiado  el panorama y la mesada del local. Hay un humo denso en el aire, provocado por dos hombres, que fuman unos puros a dos sillas de ellos. Él la mira intrigado por la velocidad de su entendimiento.
Mirá que puedo gritar, le dice ella, entre risas. A veces no se necesitan muchas palabras para comprender y provocar el deseo. Está ahí, ya latente, bajo las copas húmedas y el mantel, respirando y soplando, humedeciendo los labios, sacudiendo levemente las corbatas, colmando la inspiración de un tango.
Cuando él la vuelve a mirar, ella ya está allí. Se miran, fuerte, hasta agitar. Caminan hacia la puerta bajo el vaivén del bandoneón. No vuelven a mirarse. Ella se contornea, mientras él la observa y piensa en la inigualable soltura de su ansia y en el punzante clamor de su entrepierna.
Se recuestan en la penumbra de una cama deshecha.
Se paran en el umbral del deseo y lo vulgar.
Se inspeccionan.
Se rechazan.
Se temen.
Se agotan.
Se matan.
Después los restos, un grito, el final derrapando, cae una gota. Finalmente, la lluvia.
Se bañan, se besan, se miran, se tocan, se angustian, se limpian, se miran, se miran mucho.
Cuando salen a la calle ya no son los mismos.
No se miran más.
Cuando ella pasa por el bar de la esquina de su casa están tocando un tango.
Y ve la puerta.
Y ve un cartel.
Un cartel, que muestra que él toca esa noche allí, una recopilación de Goyeneche. 

viernes

1969

He de narrar lo más real que he vivido.
Sin entender qué sería exactamente el término de lo real. Es un poco contradictorio, logró traducirseme en la piel, como una especie de tatuaje eterno, o un cambio radical en mi carácter, transformándome en algo que creí nunca ser. Fue casi como un golpazo, un maremoto, un tsunami, una avalancha radical, fría y caliente, que quema y deja azulada la piel. Por lo tanto es.

Estaba de paso por aquella ciudad pequeña y antigua, de faros amarillentos y viejos sentados en la vereda. Iba camino a un internado. Una recluta, presa de la costumbre burguesa heredada de mis padres. Llevaba una valija con poca ropa, con algunos libros religiosos y algunas ediciones baratas de literatura erótica  encanutados en el compartimento secreto de aquella valija usada.
Me subí al tren después de besar a mis padres. Iba a extrañar aquella somnolencia, aquel deseo de vivir casi a dos pasos de la tumba, con esa poca motivación por conocer, por desligarse del ámbito de lo conocido. Iba a extrañar ese contraste que me hacía sentir diferente.

El tren estaba vacío.
Dos señoras conversaban a viva voz. Me cambié de vagón sin importar realmente si le estaba quitando el asiento a alguien. Me dormí alrededor de unas tres horas. Cuando desperté era el atardecer.

Remoloneé un rato entre las sábanas.
Me levanté con hambre. Un terrible hambre de huevos, queso y café con leche. Me dispuse a ir hacia el comedor.

Allí el ambiente era distinto. Unas 5 familias con sus niños comían desaforadamente, entre gritos y sorbos de vino tinto.
Me sentí alejada de aquellos murmullos. Era yo con mi soledad y el ruido adormecedor de mis meditaciones.

Comí lo que me ofrecieron.
Volví a la recámara.

Me desnudé y me acosté a dormir.
Soñé con ojos negros y bocas rojas. También con manos y cuerpos sudando jarabe de melón dulce. Me soñé entre aquellos cuerpos, entre aquellos sudores, pudorosa, casi recelosa ante el contacto.
Me desperté agitada.

No pude volver a dormir. Mpe acerqué a la ventana y observé el dolor apaciguado de la luna en el paisaje. Una leve bruma empañaba los vidrios.
Saqué de mi compartimento secreto un paquete de cigarrillos. Se los había sacado a mi padre, quien también tenía su lugar secreto.

Escuché murmullos. No como los de mi cabeza,  demoledores de ideas. No como los del comedor, demasiado ensordecedores.

Apagué el cigarrillo y en puntas de pie me acerqué con lentitud hacia la puerta. Venían de la recámara siguiente a la mía.
Era una pareja. Una mujer y un hombre, Conversaban. Nada extraño. Tal vez la hora. 3 de la mañana.  Ella tenía una voz intensa, vibrante, de mujer adulta.

Él tenía una voz un poco más clara que ella, pero grave y profunda. Una espiral penetrante de voces ajenas. Imaginé sus rostros, el cabello de ella, las manos de él, como debían estar acercándose confidentes a aquella melancolía lunar, a las confidencias nocturnas, al whisky añejo del comedor, a los besos callados...

Me sentí celosa. Celosa de la cercanía palpante. De la tensión, del arrullo inquieto de aquellas fuertes manos sobre esos muslos delicados. Aquellos silencios inocentes escondiendo algo más allá de mi conocimiento.

Y sentí ansiedad. Tenía que estar dentro de aquel mismo espacio, de alguna forma, ser parte, ser jabón de tocador o el pliegue de sus sábanas.

Ser. Parte. De. Algo. Que. No. Sea. Mío.

Una intrusa del deseo, una intrusa nocturna.

Me puse perfume y salí  descalza al pasillo vestida con mi camisón pálido.

Caminé como sonámbula hasta el borde del vagón, donde se podía ver el final del tren. Pude ver un balcón dejando atrás la ruta.
Me acerqué y abrí la puerta. Respiré el aire frío de la noche, intentando apegarme a aquella sensación de malestar. Imaginé como cada uno de mis poros se abría, dejándose penetrar lentamente por el aire gélido de la noche.
Me abracé para conservar aquel calor. Luego, el reflejo de una figura en la ventana.

Me di vuelta, sólo la mitad del rostro. Era aquel hombre. Y no me sorprendí.

Era Leonardo, sí. Leonardo, el mejor amigo de mi padre. Y ella, ella debía ser una extraña. Leonardo estaba casado con Laura, una mujer de voz de gorrión, de ínsipidas insinuaciones, de pobres expectativas para la vida... Una mera extensión de mis progenitores.
Por lo tanto eran él y la otra.

Inmediatamente recordé, a la fuerza, las memorias de Leonardo en mi infancia. Como solía jugar con mi cabello y sonreírme desde el banco de la plaza. Los helados de frambuesa en las reuniones familiares que solía traer especialmente para mí. Los chistes y los cuentos, los partidos de golf  y la risa de mi padre por cada conquista obtenida. Como ya, en la adolescencia, solía inquietarme su aparente juventud, su vitalidad, tan diferente a la de mis padres. Ese contraste que me identificaba, al principio, y que luego comenzó a turbarme. Y luego su porte, su aspecto y su charla. Sus ojos y su boca, su virilidad incipiente, su pasión por los libros, su permanente presencia, mis preguntas y sus respuestas, siempre justas. Su modo de mirar... Y traspasarme. Sus ocurrencias, sus risas ante mis inquietudes y exageraciones propias de la edad. Y con el paso del tiempo, aquella mirada que identifica lo infantil se aleja, para abrir paso a la feminidad absoluta, al recorrido de mi cuerpo y sus ojos. A su disimulo y mi escape. Al reconocimiento del cuerpo ajeno y lo masculino.

Y luego la ensoñación y la fantasía como una nebulosa tóxica, inundándome plácidamente, atrapándome y dándome paso al escape. Finalmente el último encuentro y su mano rozando mi piel,   casi como un fantasma, mi tobillo izquierdo, sobándome aquel tobillo lastimado por un golpe, para luego ir subiendo de a pausas por mi pantorrilla y el choque de miradas. La piel requiriendo aire y un sudor bajo mi espalda.
La separación.

Estábamos frente a frente. Otra vez con las memorias. Y sus ojos. Y mi camisón. Y el frío de la noche. Y las voces en la recámara. Y el frío punzante en mis poros. Y la pregunta tácita de su mirada. Y mis manos dejándose acariciar por sus pulgares. Luego la recámara 230, pegada a la mía.
Y aquella mujer.

He analizado cada discurso dicho y oído. Porque es mi propósito. El análisis de las intenciones. Qué gesto deriva en una mirada, o qué mirada está explícita en cada palabra. Veo la relación tajante entre la palabra y la verdadera intención. La puedo saborear con mi lengua. La puedo escupir y borronear en el suelo con la punta de mis dedos.
Hasta ahora.

Mi capacidad de análisis está enceguecida. Mi represión y mi reserva, tirada a un costado, junto a mi camisón nocturno.

La otra mujer representa mi extensión. Pero no participa, en lo absoluto. No habita. O tal vez habita en mí. No es la de la voz de gorrión.
Es la mujer oscura, la mujer adulta.

Observa. 

Era empezar todo otra vez, desde la niñez hasta la adultez. Un regreso constante. Cada hombre de mi vida en Leonardo. Cada gesto comprendido, arrebatado y tomado por él, para traducirmelo mediante caricias.
Cada petición satisfecha, aquellos nudos... Y el hambre.

Usada y ultrajada. A pedido mío. Deseada. Reconocida en cada hombre. Todos los hombres.
Todos en él.
Me siento habitada por algo más grande que yo, más grande que aquella mujer, más grande que Leonardo y mis padres. 
Soy el deseo de todos los hombres y todas las mujeres. Soy absoluta, toda sensación. Soy el placer.  Cada prisma del triángulo, cada borde, cada superficie, cada retazo, cada silencio, cada palabra, letra y proposición.
Represento lo abstracto y eso me da sentido. Me llena de una carga incipiente. Me da pavor y me excita a la vez, ser el objeto mismo del deseo del otro. Y manejar.
Pero de un momento a otro comprendo: Lo más caótico es la mirada de ella sobre mí. Inquisidora, expectante. Aguardando, ¿la intromisión?

No podría saberlo, me siento parte de ella. Su mirada eterna. Mis ojos. Una mentora de lo voraz.

Comprender.
La mujer como mi extensión. La mujer tomando, indirecta, mi lugar.

Su mirada es la que ordena la escena.

Ella da el pie. Incentiva generando contradicción. ¿Quién ocupa el espacio? ¿Ella o yo?
Efectivamente es ella la que coordina la boca de Leonardo sobre mi cuerpo. 
Es ella la que toma mis manos y las sacude livianamente al aire, riéndose, macabra, titiritera del espacio.

- Detente - Digo, entre los labios de Leonardo.
Él me observa y pregunta qué sucede.
Cierro los ojos. Me involucro en la escena nuevamente, pero siento un fuego acusador, un mantra indivisible dentro de mi lengua, no puedo actuar. No controlo, no manejo.

Como una punzada, siento el deseo. Tan difícilmente buscado. Leonardo invadiendo cada uno de mis centros de placer.

Pero ella, ay ella, la perversa, generando contradicción. Casi como un chiste ingresando por primera vez al cerebro.

- No la soporto. ¿Quién es ella? - Y Leonardo ignorando su presencia, sin tocarla, sin penetrarla, sin siquiera observarla.
Leonardo tan cerca del clímax que asusta. Corrompido por su deseo, casi animal, irreconocible, ningún rastro. Enfiebrado.
Lo rodeo con mis piernas para volver a sentir mientras me muevo, enloquecida.

Comienza a nublarse mi vista. No logro comprender cómo no la ve, cómo no la percibe, cómo no la desea  de una forma insoportable.

Tan cerca.

Veo sobre la mesita de luz un neceser.
Manoteo dentro de él.
Y tomo la navaja. Punzante, helada. 

Ella abre sorprendida los ojos. Se acerca.

Sumida en el placer, empujo aquella arma a través de la carne, cortando, despedazando, mientras siento el tibio calor de la sangre entre mis dedos.

Leonardo cae desplomado a mi lado, sumido en un éxtasis enloquecedor.
Abro los ojos, impactada.
Mis manos, rojas, brillantes.

Ella desaparece.

No está más.
Enloquezco.

Y luego siento el vibrante dolor, la punzada, en mi cuerpo. Ya no es ajeno. Es mío, el dolor, el placer, la sangre, no de ella, mío, absolutamente mío.
Y las sábanas tiñiéndose de rojo. Y el gesto impactado de Leonardo, todavía sumido en el placer, un placer provocado por mí, no por ella. mirando azorado la escena. Incomprendido.
Tomando mi rostro y llorando.


Todavía no sé...

jueves

La venus negra

Él la vio una vez. Sólo una vez y después se oscureció. Sin meditarlo,  ocurrió.
A él, al hombre naufrago, al hombre vasto.

La vio y entendió parte de la locura de su vida, figurada en aquella mujer.
Ella sobresalía.
Y no parecía respirar.
Les evocaba a cada uno de sus amantes una memoria.
Una nostalgia que creían, tal vez, olvidar. 

Era un vicio el inclinarse hacia ese cuello femenino, delicadamente sin espantarla.
Voluptueux.
Luego una catarata de imágenes, miedos, pavores.
Un vicio.
Un consuelo negro.  

Cuando la vio estaba sentada. Leía un libro en un banco.
Todo en ella parecía llamar la atención.
Su cabello, su rostro.
Sus manos.
La artista.

Se le acercó despacio y silencioso, con ese caminar discreto de quien no está seguro de su peso sobre el pavimento.

Ella no levantó la mirada. No le interesaba nada de este mundo.
Era la ausencia.
Así también se alejó de él, ausente.
Igual que su papá.

Él la persiguió durante 6 meses.
Día y noche. Soñándola.
Imaginándola dormitar desnuda bajo unas sábanas de una pureza casi opresiva.

Ella nunca se percató de este fervor disimulado bajo ese par de pies discretos.
Por eso y también por algunas otras cosas, permitió que él se la llevara toda, que la acumulara dentro de sí, intentando retener ese algo, sin nombre, vacuo...

De la misma forma en que inició, se apagó.
Comenzó a irse, lentamente, despidiéndose  a la vez de ella misma, ante la perplejidad de él.
Ajena al mundo, como un fantasma leve, pálida. Sostenida por un hilado eterno. 

Él la conservó en su interior, mordiéndose, masticándose.
Demonizado y voluble se arrojó desde un precipicio a la “pasividad” de la escritura.
Y formuló el hastío, la melancolía negra...

martes

Crónica III

 
 Nan Goldin



Esa noche, sentada sobre el sillón a oscuras, pretedía ignorar la relevancia de la situación. Sobre el mueble enmantelado están los restos de una cena rápida, armada, casi de plástico, para disimular el propósito de la ocasión. Se lo había pedido explícitamente: deseo ver, mirar, colmarme de imágenes, todo visual, sólo desde afuera, por favor te lo pido, permitímelo. Él aceptó, reacio al principio, cuestionando mi capacidad de asombro, mi bochorno y mis dilemas morales. Me abrió la puerta del departamento y comprobé lo que me imaginaba: la situación, el pronóstico ansioso que me atormentaba con culpa. Podía respirar a través de la luz pálida de las lámparas, sentir la textura rígida de la alfombra, percibir los murmullos de los libros del estante, podía sentirlo al igual que él. Y luego está ella, borrosa ante mis ojos, casi un fantasma, carente de forma, bordes y contornos, una mera proyección de mí misma con algunos años más. Ahora te veo observarla derramarse como miel, casi desarmado, mientras yo respiro fuera de esta hipnótica danza. A lo lejos, se escuchan risas de guardilla, cómplices a mis espaldas. Me mientes mientras la tocas, ágil y demasiado inerte, y me permito descansar en esta ilusión. Estoy en un hastío constante, luchando compungida frente a tus ojos, frente a tu rostro de sarcástica expresión. Es irremediable, te introduces vigoroso en cada río, en cada espacio, inocente y suspicaz, encaprichado de las sábanas, ensombreciendo el paisaje con verdades atroces. Y puedo intuir, yo la inocente, la joven, que no es a ella a la que despojas de su centro, a la que desarmas y mueves a tu antojo, a la que sacudes como abanico, es a mí, a la perpleja, a la inocente de ojos conmocionados, a la abrumada de negación, a la que desea, busca y encuentra. El punto aparte en la escena, recostada sobre el sillón. Entonces me sitúo en mí misma y me veo rígida, impactada, buscándote insatisfecha y encaprichada. Por eso me alejo de este espacio que sólo me mantiene más cerca de la premonición. Mientras esté cerca no podré huir... Pero no puedo desviar los ojos de ese magnetismo que implantas en cada ademán de tus brazos, en cada parte de su cuerpo que devoras ávidamente. Soy un espejo. Finalmente, todo acaba de la misma forma que ha empezado, con tu mirada clavada en mi rostro. Estoy desnuda sin siquiera estarlo. Intuyo la respuesta a aquella premonición: es una entrega devota al resonante peso de tu historia. No existe el pudor, se siente como una conexión de otro tiempo, más allá de la superficie leve de la carne. Me has enseñado como mostrar lo que uno no es, como traducirse en sombra, como interpretar ser encantadora, a través de tu ojo crítico y maduro, rompiendo cualquier límite impuesto por mi mente, rechazando cada uno de mis argumentos, desfigurando mi retórica, para transformarme en lo más auténtico y palpable, en lo más manejable de mi carácter, rebasando la untuosidad de mi centro y colmándome metafísicamente. Vuelvo a casa en un estado adormecido, ennegrecida por la experiencia, comprendiendo la imagen y adoptándola como propia, rechazado la historia ya escrita por mis manos, rechazándome al mismo tiempo para ser un anexo, para colmar tu propósito.

Crónica IV

El bandoneón suena resonante, reafirmando con cada nota su presencia, ubicando al oyente en tiempo y espacio: esto es un tango, es esto y nada más que esto. Acompaña una voz profunda, rasposa, que vive cada palabra, la saborea, la mueve, la desplaza a lo largo de la habitación, y la rodea.  Ella se marea entre el humo del tabaco, la dulzura asfixiante del licor y la caricias que recibe de aquellas manos en su cintura y le provocan risa. Hay en el espacio una luz tenue, que barniza cada rincón del salón, cada contorno y forma, casi perteneciendo un poco a cada objeto. Esa luz también se proyecta a ellos dos y los flanquea, silenciosa, acompañando despacio cada movimiento.
Son dos y se mueven bajo el rigor de la música.
Se deja caer sonámbula en sus brazos y él la sujeta,  la moldea, la estimula mediante un bandoneón proyectado. La escena es íntima. Da pudor verla desde el afuera, dan ganas de introducirse en el instante mismo de aquellas caricias secretas, dan ganas de no ser,  o sólo ser aquella luz incandescente, de bañar de luz dorada cada gesto, cada respiración acompasada. Hay un silencio perceptible en el salón, cada uno de los invitados está inquieto, debatiéndose internamente entre retirarse o acoplarse silenciosamente a las paredes, a los manteles manchados de vino, a los platos sucios, al relleno innecesario.
El le susurra despacio al oído, como un arrullo inquieto. 

Volverás 
a mí
mañana
en la penumbra

Y le canta, con su voz de memoria, mientras la seduce con la irremediable reticencia que aplica en su vida, y ella, siempre atenta a las voces,  soñándose en aquel puerto salado, moviéndose con el viento en su plenitud. El placer y el goce, un poco pausados, un poco adormecidos, revelándose siempre en cada tacto, con aquellos labios, moviéndose lentamente sobre su piel, sugiriéndose en  lo más privado, movilizando el paisaje como un vidrio empañado.
Lo que genera dolor es pensar. Pensar en el porqué del necesitar. Un verbo que marca una urgencia:  necesitar, precisar, urgir. Eso que no se tiene, pero que urge remediar. Lo que une a dos amantes es la carencia misma, lo que no está, un intercambio, una devolución. Y es también un poco resignarse, sí, a lo deslumbrante del contacto, pero también admitir que hay una inquebrantable frontera que no nos permite introducirnos en el otro y en su historia. Habría que dejarse estar, un adiós momentáneo a nuestra moral, a nuestras creencias máximas. Y allí casi como algo desbordante, como a flote, sale lo incomprensible o lo amoroso y su traducción.
Tan desbordante como indecible, como indecente.
Aquellos dos siguen bailando, ajenos a estas reflexiones, seguramente queriendo salvarse, de estas que sólo provocan una rigidez en los pies y chau baile.

Con tus pies cansados
volverás
caminito del aire
azulada
compañera
de este
pesar


viernes

Crónica II

Primero el trueno, después un calambre de esos que te anudan el alma. Me despierto en la penumbra de la noche, todavía con un pie en la inconsciencia y a pequeños pasos me acerco hasta su habitación bañada en luz perlada, de una luna sobrecogedora. Observo a mi alrededor, los muebles parecen no hablar esta noche, perdidos en sus propias cavilaciones, al igual que yo. Entreabro temerosa la puerta esperando verlo acostado, meditando, masticando en su mente alguna inquietud de esas que suelen paralizarlo y despertarlo a mitad de un sueño inusual. Luego fuma un cigarrillo en la ventana, escuchando unos tangos austeros, secos, como penas de amores. Y, efectivamente, está bordeando la baranda del balcón, ajeno a todos, con un tanguito de fondo, pensando, siempre pensando. Me quedo en la puerta, cohibida... No quiero, realmente, ser inoportuna, pero la imagen de su porte me empuja a acercármele cada vez más, como un imán. Y me trae a la memoria el recuerdo de las mañanas en las que me paseo desnuda, sabiendo que no se despertará, pero jugando con el peligro, con la incitación, para luego espiarlo en su cuarto de persianas bajas, durmiendo hasta tarde, plácido, como un ente aparte, ensimismado, en ese ambiente que huele a palo santo y coñac. Y cuando vuelvo al anochecer, después de cenar, mientras ojeo mis apuntes, lo veo entrar agotado pero con una mirada profunda y orgullosa, producto del entusiasmo que le causa impartir clases hasta esa hora a jóvenes hambrientos de lectura que disfrutan tanto del estudio como él. Y me conmueve, ciertamente, me conmueve ver sus expresiones, o escucharlo hablando del género epistolar y sus conferencias, o los tangos que canta cuando piensa que no lo escucho, o verlo ordenar cada fin de semana sus nuevos escritos y releer, cómicamente, las críticas literarias del diario de los domingos. Es eso, sumado cada día un poco más a esa admiración, a esa conmoción, a esa estima que intento disimular mediante evasiones, pero que se me escapa delicadamente en cada mirada de agradecimiento, en cada gesto y en como no advierto que siempre estoy buscando su contacto, apenas un pequeño roce, una caricia ínfima, entre sus dedos y los míos al abrir la puerta. Me conmueve casi tanto como desde aquella madrugada en la que aterrorizada por la llamada de un extraño, me contempló dormitar sobre su pecho, resguardándome de esa vigilia inquieta que te hace tirar patadas al aire, casi en defensa a su contacto, a esa calidez humana, a ese pecho fuerte, vigoroso, masculino, que me incita a las más curiosas ensoñaciones. Por eso ahora inmóvil frente a esta puerta, me toma trabajo no arrojármele a sus brazos. Y me acerco lúcida hacia él y lo rozo suavemente, como un saludo, o una confidencia, como un código privado de su cuerpo y el mío, ya ni siquiera de nuestras mentes, sino de lo más básico, lo más instintivo. Y reacciona, como imaginé que reaccionaría ante mí, porque sé que detrás de esa barrera, esa frontera, él esperaba cauteloso mi accionar. Por eso ahora respiro eternamente azulada e impune debajo, muy debajo, repasando mi lectura favorita.

miércoles

Crónica I: Charada

Toma mi cabeza entre sus manos y me suspira el pelo. Tiene manos fuertes, casi en contradicción con la ligereza de sus movimientos. Me besa las párpados, suavemente, como si no quisiese interrumpir mi adormecimiento. Tengo una sombra en el labio producto del anhelo. Sólo puedo pensar en la curvatura de su espalda, en el viento en su camisa, en los adjetivos que debo emplear para poder transcribir, en sus manos cada vez más cerca, más cerca, sobre mi omóplato en luz de luna, en mi boca cruzando sus dedos, en su guiño su engaño, su palabra puesta en mi boca. Le devuelvo esta risa mientras el ríe también. Lo absurdo de haber llegado al fin de la idea como consumación. Nunca antes, un nunca antes he sentido, constante murmurado, suspirado.  Hay una palabra que nos define: deseo.  Palabras, a través de ellas lo encuentro a él y es absurdo, sigue siendo absurdo. estar acá. Es la misma imagen, con otros, y otros, pero esta vez es diferente porque sabe que hemos llegado al final, sin imaginar que esto habría arrancado ya con la primer vigilia. Porque la diferencia está en imaginarme suya y verme corporalmente desplegada sobre sus piernas. Eterna premonición, mi cuerpo y yo, acostados entre sus sábanas. Sé cuándo llegará el deseo y ha llegado desde el primer momento. Me doy cuenta y es terrible. Se separa de mí y me observa, como tantas otras veces, como en una postal. Esas manos que dan miedo y a la vez aplacan tanto espasmo, tanta búsqueda. La aplacan, la postergan. Por eso me entrego. Porque así me entiende, así  me aprehende, así me comprende. La imagen es ésta: si hay deseo, hay escena, hay suceso.   Él me deduce y me escurre, me adopta, me traduce y me bebe. Me recorre buscando mi historia que está intacta. La de él está lejos ya, remota. No la puedo tomar de la misma forma que él me toma a mí. Algo que no me pertenece, por eso él me ata a su muelle. Y me da lugar. Lo soplo como pluma, delicadamente. Translúcida, plena, soy la mujer, soy la niña,  de ayer y hoy, corrompida e inocente. Me comprendo, ¡al fin! Eso que creía no saber sobre el ansia, el placer, está entre nosotros, plenamente utilizado. Lo estoy empleando al fin. Y nos tomamos mientras me abrazo a ese vínculo que parece sujetarse de un fino hilo. Se completa y tiene las manos azules, perdidas, igual que las mías. Por eso me besa los dedos, las palmas. Y lo azul se defiende en fuego, tierno fuego, cielo de fuego y búsqueda. Goza, sujeta, sucumbe en lo que fluye. Delicada, sí, delicada entre sus brazos.
Sed, mía, suya. Compartida.
Lo único que podemos compartir en este mundo.
No es penoso.
Es real.
Finalmente es.

martes

27

a cortázar


ella
la estatua eterna
se entrega
complaciente
ante el encanto
de un sauce llorón
y sus palmas se inclinan
tímidas al sol
que descubre perlas doradas bajo
sus pómulos

el joven
llora también
mientras aquel sol
le acaricia los brazos
suspiro ahogado
en lo alto de la montaña
le sonríe
es ella
coronada
de margaritas
besando 
cada uno
de sus poros
lo mas puro del amor
acechando
la muerte

jueves

marea

es a través de estas páginas escritas
con lagrima y sangre
donde me encuentro
plena y conmovida

ese ardor en aquel cuarto azul
es mi ardor
míos los labios
acariciando
párpados
de sombra
y esas manos
que recorren
aquel torso de hombre

bañado en luna

enteramente mías